Reseña de “India”, de Jesús Mosterín

Jesús Mosterín es mi ensayista favorito, por lejos.

El ensayo es un género difícil de escribir. Se trata de lograr argumentos novedosos, formados a partir de investigaciones previas. La opinión del autor (aunque siempre está presente de alguna forma) tiene que estar dosificada, para que el texto no pierda la sensación de objetividad. Repetir a otros ensayista es mediocre en el mejor de los casos y plagio en el peor, así que hay que estar atento a lo que otros han hecho con el tema que uno quiere abordar, antes de escribir una palabra.

Es mucho más relajado y disfrutable trabajar ficción, donde no hay reglas ni límites más allá de la creatividad de cada uno. Pero Jesús Mosterín (que nació y vivió mayormente en España y que murió en 2017 a los 76 años) se empecinó en crear libros monográficos, donde toma un tema de interés general y lo aborda desde lo histórico, lo mitológico, lo filosófico, lo antropológico o lo religioso.

Su talento está en que logra crear algo interesante desde cualquier enfoque, y que cada libro aborda varios, para dar una visión panorámica.

 

De él ya había leído “Aristóteles”, “China”, “Roma” y “El Islam”. Empecé por este último porque andaba necesitando conectarme con valores culturales bien lejanos a los míos, y me encontré con una explicación clara, simple de entender y bastante entretenida de leer sobre cómo surgieron los seguidores de Mahoma y cómo han evolucionado sus maneras de pensar a través de los años.

Mosterín es de corazón un filósofo, y en todos sus libros hay capítulos especiales dedicados a explicar los razonamientos que llevan a la construcción de las culturas. En la Wikipedia dice que también es antropólogo y matemático, cosa que no se hasta qué punto es cierta, porque tampoco creo que haya cursado 3 carreras distintas, pero más allá de que tenga más o menos diplomas, es sorprendente la forma en que puede unir y desmenuzar ideas tan complejas y lejanas a sí mismo.

 

Sobre este libro en particular, “India” hace un repaso por la historia de esa nueva potencia mundial, cuna del budismo, de la tradición asceta y de muchos conceptos matemáticos que damos por sentados en nuestra cultura occidental. En comparación con las otras culturas orientales de las que estuve leyendo (los chinos, los japoneses, los musulmanes…), los hindúes parecen tener una tradición de no creer en la violencia como forma válida de transformar el mundo. La vida y obra de Mahatma Ghandi sería como el pináculo de esta filosofía.

También parecen tener una cosmovisión mucho menos controladora que los occidentales. De entrada, desconfían históricamente del concepto mismo de historia. Sus historiadores antiguos no anotaron nunca las fechas de los sucesos de los que han dejado testimonio, porque para ellos el concepto de pasado, presente y futuro son mentira. Este detalle le saca canas verdes a los cronologistas occidentales, porque no pueden colocar los eventos en orden, pero a mí se me hace muy relajado y divertido; coherente con el resto de sus creencias.

Al descreer del concepto lineal del tiempo, los Indios desconocen por decantación el concepto del “progreso”, esa cruz que llevamos prendida a la espalda los occidentales y que es la principal causa de nuestra incapacidad de vivir la vida en momento presente. El hecho de que vivamos culturalmente mortificados por nuestro pasado y ansiosos por manipular nuestro futuro es la piedra fundamental de nuestra crisis espiritual como cultura descendiente de Europa.

Y es que los hindúes aciertan al dedicar su concentración en la base de los problemas y no en sus ramificaciones. De eso se sostiene la doctrina del budismo, que nació en la India y se convirtió en la religión oficial de casi todo el Oriente, no porque los hindúes hayan ido conquistando e imponiendo sus valores a los demás (como sí hicieron los católicos en toda Europa y América) sino por causa principalmente del intercambio comercial, que desde siempre practicaron como forma de prosperidad.

 

La doctrina del budismo refiere al deseo como causa de todo sufrimiento humano. Desear es invocar una carencia, y la conciencia de la carencia da como resultado la infelicidad. Es tan simple, que da vergüenza. Buda en sí mismo tiene una postura completamente anarquista sobre la existencia, que no fuerza a los demás en su mitología (como tampoco lo hizo Jesús), pero llevado a un punto en que tiene que explicitar que la salvación de cada persona es responsabilidad de lo que cada persona haga.

Esta postura medio individualista es funcional a las prácticas de la meditación, del ascetismo, del vegetarianismo y de otras tradiciones que buscan elevar al individuo por encima de esta ilusión que es el mundo que percibimos. Ellos, igual, lo explican mucho mejor que yo.

 

De Jesús Mosterín este es el libro que más me impactó, en parte por el tema y en parte por el enfoque. Es cortito (289 páginas en formato bolsillo) y está esquematizado en capítulos autoconclusivos que fácilmente se pueden leer uno por día.

La única contra es que acá en Argentina no lo conoce nadie, así que no hay ediciones locales de sus textos, ni libros usados circulando. Solo se consigue la colección “Historia del Pensamiento” de Alianza Editorial, que es importada de España y que está más de 1.000 pesos cada libro.

Espero que el tiempo popularice la obra de este monstruo del ensayo. Me da lo mismo si es porque lo descubre una vedette y lo vuelve moda o porque Hollywood hace una película con su obra. Cualquier cosa vale. A mí no me hace mucha falta, porque me quedan pocos de él por leer, pero siento que le haría mucho bien a nuestra mentalidad endogámica el poder instruirnos en otro tipo de culturas.

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